RUEGUEN POR NOSOTROS

RUEGUEN POR NOSOTROS

miércoles, diciembre 23, 2020

El Adviento según San Bernardo

 

La Anunciación - Matthias Stom

¡Ha llegado el momento de que Dios los visite! ¿Cuál es el objetivo principal de su visita? Hermanos, no quiero que ignoren el tiempo de su visita, ni el objeto de esta visita que ahora reciben.

Es la oportunidad de las almas, no de los cuerpos. Porque, siendo el alma mucho más noble que el cuerpo, precisa de un cuidado superior por su dignidad natural, y por tanto debe ser el primer objeto de las solicitudes de Aquel que nos visita.

Además tiene que ser curada en primera instancia, porque fue la primera en caer; y, una vez envuelta en la culpa, también corrompió al cuerpo en la pena. Además, si queremos ser verdaderos miembros de Cristo, debemos seguir sin titubeos a nuestra Cabeza. Y la primera actitud que debemos adoptar es la preocupación del alma. Él vino por causa de ella y para curar su corrupción.

Dejemos el cuidado del cuerpo para entonces, para el día en que vendrá a transformarlo, como escribe el Apóstol: "Aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, que transformará la bajeza de nuestro cuerpo, reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo" (Flp. 3, 20).

La Anunciación - Matthias Stom

Imagen:

Título: La Anunciación
Autor:  Matthias Stom
Fecha: principios del siglo XVII

viernes, diciembre 18, 2020

El Adviento según San Bernardo

 

Adoración de los pastores (al detalle) - Pietro di Giovanni d'Ambrogio

Hermanos míos, hoy celebramos el comienzo del Adviento.

El nombre, como el de otras solemnidades, es familiar y conocido por todos; pero quizá no sabemos muy bien por qué se llama así. Porque, los infortunados hijos de Adán, descuidando las verdades saludables, se apegan con preferencia a las cosas frágiles y transitorias. No es sobre la vanidad sino sobre la verdad que se ha dicho: "La conoceréis, y ella os hará libres (Jn 8, 32)".

Pues ustedes, hermanos míos, a quienes Dios revela como a los niños, las cosas que están ocultas a los sabios y prudentes del mundo, apliquen cuidadosamente todos sus pensamientos a lo que es verdaderamente saludable, ponderen cuidadosamente la razón de ser del Adviento y pregúntense quién es el que viene, por qué viene, cuándo viene y de dónde viene. Esta es una curiosidad loable y saludable; porque la Iglesia no celebraría el Adviento con tanta piedad, si este último no nos ocultara algún gran misterio.

Continuará...

Adoración de los pastores - Pietro di Giovanni d'Ambrogio

Imagen:

Título: La adoración de los pastores entre San Agustín y San Galán
Fecha de creación: 1440 -1449
Pintor: Pietro di Giovanni d’Ambrogio

Lugar: Asciano, Palazzo Corboli, Museo Municipal de Arqueología y Arte Sacro, Provincia de Siena


Virgen de la Humildad - Fra Angelico

En primer lugar, consideremos con el mismo asombro y la misma admiración que el Apóstol, quién es el que viene.

Él es, dice el ángel Gabriel, el mismísimo hijo del Altísimo, y por tanto él mismo Altísimo también. ¿De dónde viene, sin embargo, sino de las tres Personas que creemos, confesamos y adoramos en la Trinidad suprema? No es el Padre ni el Espíritu Santo, sino el Hijo el que viene.

Fue un propósito muy profundo de la Trinidad el que reguló que sería el Hijo quien vendría. Si consideramos la causa de nuestro exilio, quizás podamos comprender, al menos en parte, lo conveniente de que fuéramos salvados más por el Hijo de Dios que por una de las otras dos Personas divinas.

De hecho, este Lucifer que se levantó, habiendo querido hacerse como el Altísimo y tratando de hacerse igual a Dios, que es propio del Hijo, fue instantáneamente arrojado del Cielo, porque el Padre tomó la defensa de la gloria de su Hijo y mostró con los hechos la verdad de lo que había dicho: "La venganza está reservada para mí, y soy yo quien la ejerceré" (Rom 12, 19). "Y luego vi a Satanás caer del cielo como un relámpago" (Lc 10:18).

Entonces, ¿de qué te enorgulleces, tú que eres solo ceniza y polvo? Si Dios no perdonó a los ángeles mismos en su orgullo, ¿cuánto menos te perdonará a ti, que no eres más que corrupción y gusanos? Satanás fue arrojado para siempre al abismo, porque, según el evangelista: "No se mantuvo firme en la verdad" (Jn 8,44).

Virgen de la Humildad - Fra Angelico

Imagen:

Título: Virgen de la Humildad
Creador: Fra Angelico
Fecha de creación: 1433-1435
Lugar: Museo Nacional de Arte de Cataluña

La Adoración de los Pastores - Taller de Francisco de Zurbarán

 A quienes consideraban "quién viene" se les dio a conocer que se trataba de un huésped de inmensa e inefable majestad.

A los que avizoraban "de dónde viene", se les descubrió un largo camino, según aquel testimonio inspirado por el espíritu de profecía: "Mirad, el Señor en persona viene de lejos" (Is. 30, 27).

Y quienes contemplaban "a dónde" venía, se encuentran con un amor infinito e inimaginable: la sublimidad en persona quiere bajar a cárcel tan horrorosa.

La Adoración de los Pastores - Taller de Francisco de Zurbarán

Imagen:

Título: La Adoración de los Pastores
Autor: Taller de Francisco de Zurbarán
Fecha: 1630

El Niño Jesús repartiendo pan a los peregrinos - Murillo

¿Podrá alguien ya dudar que este gesto implica una motivación importante? ¿Por qué tan gran majestad, y desde tan lejos, quiso bajar a lugar tan indigno?

Cierto, aquí hay algo grande: una inmensa misericordia que rezuma comprensión y una caridad desbordante.

Y ¿para qué ha venido? Esto es precisamente lo que ahora debemos inquirir. No es preciso engolfarnos demasiado aquí, estando tan claras las motivaciones de su venida, sus palabras y sus obras. Descendió desde las alturas celestes a buscar por los montes a la oveja extraviada. "Y para que libremente alaben al Señor por su misericordia y por las maravillas que hace con los hombres" (Sal. 106, 8). ¡Cuán grande y maravilloso es el honor que Dios nos hizo al venir a buscarnos!

Imagen:

Título: El Niño Jesús repartiendo pan a los peregrinos
Autor: Bartolomé Esteban Murillo
Fecha: 1678


Ya es hora de considerar el tiempo en que llega el Salvador. Llega, sí, y creemos que no os pasa desapercibido; pero no al principio ni en el fluir del tiempo, sino al fin. 

Y no aconteció a la ligera. Hay que pensar que la Sabiduría lo dispone todo con acierto; en las circunstancias más necesarias, nos brinda su ayuda, y sabía muy bien que somos hijos de Adán, propensos a la ingratitud. Ya atardecía y el día iba de caída; se estaba poniendo ya el sol de justicia, y su resplandor y calor se apagaban en la tierra. La luz del conocimiento divino era muy tenue; y, al crecer la maldad, se enfriaba el fervor de la caridad.

Ya no se dejaba ver el ángel, ni hablaba el profeta; habían claudicado, como vencidos por la desesperación, ante la dureza y obstinación de los hombres. Pero yo, exclama el Hijo, dije entonces: "Voy". Así: Un silencio sereno lo envolvía todo; y, al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa, Señor, viene desde el trono real. El Apóstol lo intuyó y exclamó: "Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo" (Gal. 4, 4). La plenitud y la abundancia de las cosas temporales había acarreado el olvido y la indigencia de las realidades eternas. Llegó oportuna la eternidad, precisamente cuando dominaba lo temporal.

 

Imagen:

Título: Cristo en el Trono
Autor: Maestro del Salterio de Ingeborg
Fecha: después de 1205


sábado, diciembre 12, 2020

RUEGA POR NOSOTROS

 Non fecit taliter omni nationi: «No ha hecho nada semejante en ninguna otra nación». Tales fueron las palabras del Papa Benedicto XIV cuando vio por primera vez una copia de la imagen de la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y Emperatriz de las Américas.

ANTES DE SU LLEGADA

Cuando los españoles llegaron a México, capital del imperio azteca, se encontraron con una civilización cuya estructura social y de gobierno era compleja. Tenían una religión cruel. Cruel porque cada año eran sacrificados a los ídolos un promedio de unas 20,000 personas (entre hombres, mujeres y niños) a ídolos como Quetzacóatl, el dios serpiente, o Tláloc, el dios de la lluvia y del sol.

Poco tiempo después, el obispo Fray Juan de Zumárraga, acompañado de 12 franciscanos y de algunos dominicos, fueron enviados para evan­gelizar este pueblo. La labor se mostraba difícil, pues los indígenas no querían convertirse. Sólo una intervención divina podía unificar estas dos culturas. Dios, movido por las oraciones de estos misioneros acudió en su ayuda.

ORIGEN DE LA IMAGEN

El 8 de diciembre de 1531 ocurrió un acontecimiento extraordinario que ayudó a este nuevo país a convertirse en uno de los más católicos del mundo. En la mañana de ese día, un pobre indio, Juan Diego, cuando se dirigía a la iglesia para oír Misa, vio a una hermosa Señora. Ella le pidió que fuera a ver al obispo para que se construyese en ese lugar una iglesia en su honor. El obispo le pidió una señal, la cual le fue concedida, pues cuando Juan Diego se presentó por tercera vez al obispo, el 12 de diciembre, su manto mostró impresa la imagen de la Santísima Virgen.

Tan sólo unas horas más tarde, la noticia se había difundido sin la ayuda de ningún comunicado oficial, y ya eran miles los indios que se agolpaban ante la plaza para ver la imagen milagrosa de la que se presentaba como su Madre. Estas conversiones continuaron y pronto llegaron hasta la cifra de 8 millones en pocos años. Los historiadores dicen que más de 15,000 indios venían a diario para recibir el santo Bautismo.

SU NOMBRE

El nombre mismo de esta Señora era en su dialecto «Coatlaxoupeuh», es decir, «la que aplasta la serpiente de piedra». Era el anuncio de la muerte de Quetzacóatl, el dios serpiente.

Cada detalle de esta imagen era un símbolo perfectamente com­prensible para los indígenas. Está de pie, sobre una media luna negra. Esta luna representaba a su diosa, la terrible Coyolxauhqui, la reina de las tinieblas, enemiga de la luz. Está delante del sol, que era el más temible de sus dioses. El sol, la luna y las estrellas representaban para ellos la vida.

La disposición de las estrellas coincide exactamente con el cielo tal como se podía ver en ese día 12 de diciembre de 1531, día en el que Ella dio su imagen. Esta fecha era muy importante para los aztecas pues el solsticio de invierno significaba el comienzo de una nueva era de vida gracias a un nuevo sol.

EL MENSAJE DE LA REINA DEL CIELO

Pero quizás el símbolo principal era la crucecita que se ve en el cuello de su vestido, como un broche. En ella los nativos reconocían la cruz que veían en los barcos españoles, la misma que predicaban los franciscanos y dominicos. Si esta Señora decía que era su Madre y tenía la Cruz, era que los misioneros tenían razón y que la religión que predicaban era la verdadera. No olvidemos que el tono de su piel y lo negro de su cabello y ojos eran la prueba de que no era una extraña, sino una de los suyos.

Cada dibujo de su manto es un mensaje. Las grandes flores que utilizaban para decorar sus monumentos simbolizaban la presencia de Dios. El nombre de esta flor era «nahui ouin», flor del sol. Los brazaletes que lleva son los mismos que llevaban las siervas de los grandes señores. El ceñidor negro daba a conocer que estaba embarazada. «Yo soy la Santísima Virgen María, Madre del verdadero Dios» le dijo a Juan Diego.

De este modo es fácil comprender por qué tantos indios abrazaron la fe católica: esta imagen era portadora de un mensaje y les hablaba...

Era, además, un aliento para los misioneros: Ella se encargó de transformar el país. Apenas 6 años de la aparición y ya se iniciaba una universidad, facultades, artes, ciencias, la primera imprenta, el primer hospital...

ANTE EL RETO DE LA CIENCIA

Los años han ido pasando y la ciencia se ha perfeccionado. Vino el escepticismo y los hombres empezaron a dudar de todo lo que no se podía comprobar de un modo científico.

Los indios no tenían necesidad de probar nada, pues les bastaba el mensaje que portaba la imagen. Tristemente, el hombre moderno ha perdido esta sencillez.

Con este motivo, se empezaron a hacer algunas pruebas científicas sobre la imagen, y ¡oh sorpresa!, todas, absolutamente todas, confirman que esta imagen no ha sido pintado por mano humana, sino que es enteramente sobrenatural.

INTERROGANTES DE LA IMAGEN

Si queremos resumir, en la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe se señalan las siguientes interrogantes para la ciencia:

1) La costura de la tilma enig­máticamente desviada. El hilo que une las dos partes de que consta el Sagrado Lienzo se ladeó al llegar al rostro para no afear su hermosura.

2) Su aspereza y suavidad extrañamente simultáneas. Por el anverso, donde aparece la imagen, la tela es suave como la seda; y por el reverso es áspera y llena de aristas.

3) Su inmunidad contra el polvo y la polilla. Jamás le toca un solo átomo de polvo y la respeta todo el linaje de insectos que destruyen cuanto encuentran.

4) Su protección contra la humedad y el salitre. Ni las aguas del lago de Texcoco la humedecieron nunca, ni su nitro demoledor menoscabó lo más mínimo su santa imagen.

5) Su inmunidad frente a la acción del ácido nítrico que quema y deshace, no le dañó cuando en 1791 le tocó gran cantidad. Consta en auténtico documento.

6) Su neutralidad contra el fuego y la pólvora. Ni la llama de las ceras durante 116 años que no tuvo cristal ni la bomba de 1821 le hicieron mella. Se neutralizó su fuerza.

7) Su pintura sin preparación del lienzo. Los pintores se asombran de cómo pudo estamparse la imagen en un lienzo tan ralo y sin aparejo. No alcanzan a comprenderlo.

8) Su continuada y sorprendente aparición. La efigie guadalupana es más duradera que sus templos, que hace más de cuatro siglos se levantan, restauran y derrumban.

9) Juan Diego en los ojos de la Virgen Guadalupana. En los ojos de la Virgen aparece Juan Diego y en la parte superior de su tilma se mira el rostro de la celestial señora.

LA HUMILDE TILMA

El primer milagro que no pudo refutar la ciencia moderna es que la tela no ha sufrido ninguna degradación natural. La imagen impregnó la tilma de Juan Diego, que estaba hecha de ayate, es decir, una planta común de aquella región. Normalmente, bastan unos veinte años para que se produzca la descomposición de la tilma: y, sin embargo, desde hace ya 450 años, permanece intacta.

Y por si fuera poco, durante más de un siglo la imagen estuvo expuesta en la iglesia sin ninguna protección, siendo tocada por cientos de miles de peregrinos y por los signos de piedad que lo rodean. Además, ¿a quién se le hubiese ocurrido pintar una tal imagen en una tela tan burda?

Los pigmentos son igualmente un misterio. Los experimentos que se han hecho sobre este tema prueban que se ignora totalmente su procedencia, y que estos colores no son ni vegetales ni animales ni minerales. Evidentemente, en aquella época no existían los colorantes artificiales.

LOS OJOS DE LA MADRE DE DIOS

Los ojos de la Virgen representan el mayor de los prodigios. Desde 1956, han sido observados por científicos, oftalmólogos y cirujanos. El Doctor Javier Torroella Bueno, del Instituto Mexicano de Oftalmología de San Cristóbal de las Casas, declaró después de un análisis que en los ojos de la Virgen se pueden distinguir: en el ojo derecho, la imagen de un hombre con barba que puede ser visto con una lupa. En el ojo izquierdo, esta imagen se repite, y ambas siguen perfectamente las leyes de la vista.

El doctor Rafael Torija Lavagnet, después de un exhaustivo examen certifica: «­Que el reflejo de un busto humano se observa en el ojo derecho de la imagen. Que el reflejo de ese busto humano se halla situado en la córnea. Que la distorsión del mismo corresponde a la curvatura normal de la córnea. Que, además del busto humano, se observan en dicho ojo dos reflejos luminosos, correspondientes a las tres imágenes de Sanson-Purkinje. Que estos reflejos luminosos se hacen brillantes al reflejar la luz que se le envía directamente. Que los reflejos luminosos mencionados demuestran que efectivamente el busto humano es una imagen reflejada en la córnea y no una ilusión óptica, causada por algún accidente de la contextura del ayate. Que en la córnea del ojo izquierdo de la imagen original guadalupana se percibe con suficiente claridad el reflejo correspondiente del citado busto humano».

LA VIRGEN QUE FORJÓ UNA PATRIA

El pueblo mexicano jamás dudó de la autenticidad y del origen de esta imagen. Es Ella quien vive en el corazón de todos los mexicanos.

«No temas», le dijo la Santísima Virgen a Juan Diego... «¿No estoy Yo aquí que soy tu Madre?». No olvidemos las palabras del Papa Benedicto XIV cuando vio por primera vez una copia de la Virgen de Guadalupe: Non fecit taliter omni natione: «No ha hecho nada semejante en ninguna otra nación».

martes, diciembre 08, 2020

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

 El Dogma de la Inmaculada Concepción establece que María fue concebida sin mancha de pecado original. El dogma fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus.





"Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del genero humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles."

domingo, noviembre 29, 2020

ADVIENTO

 Si nuestra Madre, la Santa Iglesia, pasa el tiempo del Adviento ocupada en esta solemne preparación al advenimiento de Jesucristo; si como las vírgenes prudentes, permanece con la lámpara encendida para la llegada del Esposo; nosotros, que somos sus miembros e hijos, debemos participar de los sentimientos que la animan y hacer nuestra esta advertencia del Salvador: “Cíñase vuestra cintura como la de los peregrinos, brillen en vuestras manos antorchas encendidas, y vosotros sed semejantes a los criados que están a la espera de su amo” (San Lucas, 12, 35).

En efecto, la suerte de la Iglesia es también la nuestra; cada una de nuestras almas es objeto, por parte de Dios, de una misericordia y de una providencia semejantes a las que emplea con la misma Iglesia. Sí ella es el templo de Dios, es porque se compone, de piedras vivas; si es la Esposa, es porque está formada por todas las almas invitadas a la unión eterna con Él. Si es cierto que está escrito que el Salvador conquistó a la Iglesia con su Sangre (Hebreos, 20, 28), cada uno de nosotros hablando de sí mismo puede decir como San Pablo: Cristo me amó y se entregó por mí (Gálatas, 2, 20). Siendo pues idéntica nuestra suerte, debemos esforzarnos durante el Adviento en asimilar los sentimientos de preparación que vemos que embargan a la Iglesia.





En primer lugar, es un deber nuestro el unirnos a los Santos del Antiguo Testamento para pedir la venida del Mesías y pagar así la deuda que toda la humanidad tiene contraída con la misericordia divina. Para animarnos a cumplir con este deber, transportémonos con el pensamiento al curso de estos miles de años, representados por las cuatro semanas del Adviento y pensemos en aquellas tinieblas, en aquellos crímenes de toda clase en medio de los cuales se movía el mundo antiguo. Nuestro corazón debe sentir con la mayor viveza el agradecimiento que debe a Aquel qué salvó a su criatura de la muerte y que bajó hasta nosotros para ver más de cerca y compartir todas nuestras miserias, fuera del pecado. Debe clamar con acentos de angustia y confianza hacia Aquel que se dignó salvar la obra de sus manos, pero que quiere también que le hombre pida e implore su salvación. Que nuestros deseos y nuestra esperanza se dilaten con estas ardientes súplicas de los antiguos Profetas que la Iglesia pone en nuestros labios; abramos nuestros corazones hasta en sus últimos repliegues a los sentimientos que ellos expresan.
Cumplido este primer deber, pensaremos en el advenimiento que el Salvador quiere hacer en nuestro corazón. Advenimiento lleno de dulzura y de misterio y que es consecuencia del primero, puesto que el Buen Pastor no viene solamente a visitar a su rebaño en general, sino que extiende sus cuidados a cada una de sus ovejas, aún a la centésima que se había extraviado. Ahora bien, para captar todo este inefable misterio, es necesario tener presente que así como no podemos ser agradables a nuestro Padre Celestial sino en la medida que ve en nosotros a Jesucristo, su Hijo, este Divino Salvador tan bondadoso se digna venir a cada uno de nosotros para transformarnos en Él, si lo consentimos, de suerte que no vivamos ya nuestra vida sino la suya. Éste es el objetivo del Cristianismo: la divinización del hombre por Jesucristo. Tal es la tarea sublime impuesta a la Iglesia. Con San Pablo dice Ella a los fieles: “Vosotros sois mis hijitos, pues os doy un nuevo nacimiento para que Jesucristo se forme en vosotros” (Gálatas, 4. 19).
Pero lo mismo que al aparecer en este mundo, el Divino Salvador se mostró primeramente bajo la forma de un débil niño, antes de llegar a la plenitud de la edad perfecta necesaria para que nada faltase a su sacrificio, del mismo modo tratará de desarrollarse en nosotros. Ahora bien, es precisamente en la fiesta de Navidad cuando quiere nacer en las almas y cuando derrama sobre su Iglesia una gracia de Nacimiento, a la cual no todos son ciertamente fieles. Porque mirad la situación de las almas a la llegada de esta inefable fiesta. Las unas, el número más reducido, viven plenamente de la vida de Jesucristo que está en ellas y aspiran continuamente a crecer en esta vida. Las otras, en mayor número, están vivas ciertamente, por la presencia de Cristo, pero enfermas y endebles por no desear el aumento de esta vida divina; porque su amor se ha resfriado. Los demás hombres no gozan de esta vida, están muertos, porque Cristo dijo: “Yo soy la vida”.
Durante los días del Adviento pasa llamando a la puerta de todas estas almas, bien sea de una manera sensible; o bien de una manera velada. Les pregunta si tienen sitio para Él, para que pueda nacer en ellas. Y aunque la posada que reclama sea suya, porque Él la construyó y la conserva, se queja de que “los suyos no lo quisieron recibir”, al menos la mayoría de ellos.
“Por lo que toca a aquellos que lo recibieron, les dio poder para hacerse hijos de Dios y no hijos de la carne o de la sangre” (San Juan, 1, 11-13.)
Preparaos, por tanto, vosotras, almas fieles; que lo guardáis dentro de vosotras como un preciado tesoro y que desde tiempo atrás no tenéis otra vida que su vida, otro corazón que su corazón, otras obras que sus obras, preparaos a verlo nacer en vosotras más hermoso, más radiante, más poderoso que hasta ahora lo habíais conocido. Tratad de descubrir en las frases de la santa liturgia estas palabras misteriosas que hablan a vuestro corazón y encantan al Esposo.
Ensanchad vuestras puertas para recibirlo nuevamente, vosotras que lo tenéis ya dentro pero sin conocerlo; que lo poseéis pero sin gozarlo. Ahora vuelve a venir con renovada ternura; ha olvidado vuestros desdenes, quiere renovarlo todo. Haced sitio al Divino Infante porque querrá crecer en vosotras. Se aproxima el momento. Las palabras de la liturgia son también para vosotras; hablan de tinieblas que sólo Dios puede deshacer, de heridas que sólo su bondad puede curar, de enfermedades que únicamente pueden sanar por su virtud.
Y vosotros, cristianos, para quienes la Buena Nueva es como si no existiera, porque vuestros corazones están muertos por el pecado, bien se trate de una muerte que os aprisiona en sus cadenas desde hace mucho tiempo, o bien de heridas recientes: he aquí que se acerca el que es la vida. “¿Por qué habréis de preferir la muerte? Él no quiere la muerte del pecador sino que viva” (Ezeq. 28, 31-32). La gran fiesta de su Nacimiento será un día de universal misericordia para todos los que quieran recibirlo. Éstos volverán con Él a la vida; desaparecerá toda su vida anterior, “y la gracia sobreabundará allí donde la iniquidad ha abundado” (Romanos, 5, 20).
Y si la ternura y suavidad de este misterioso advenimiento no nos seduce, porque tu recargado corazón no es capaz todavía de experimentar confianza, porque después de haber sorbido la iniquidad como el agua, no sabes lo que es aspirar por amor a las caricias de un Padre cuyas llamadas has despreciado, entonces debes pensar en ese otro Adviento terrorífico que ha de seguir al que se realiza silenciosamente en las almas. Escucha los crujidos del universo ante la proximidad del Juez terrible. Contempla los cielos huyendo ante tu vista, desplegándose como un libro; aguanta, si puedes, su aspecto, su mirada deslumbrante: mira sin estremecerte la espada de dos filos que sale de su boca (Apocalipsis, 1, 16); escucha, por fin, esos gritos lastimeros: “Oh montes, caed sobre nosotros; oh rocas; cubridnos” (San Lucas, 23, 30). Estos gritos son los que lanzarán en vano aquellas desgraciadas almas que no quisieron conocer el día de su visita. Por haber cerrado su corazón a Dios que lloró sobre ellas, bajarán a horas vivas al fuego eterno, cuyas llamas son tan ardientes que devoran los frutos de la tierra y los más ocultos fundamentos de las montañas. Allí es donde el gusano eterno roe un pesar que no muere nunca.
Aquellos que no se conmueven ante la noticia de la próxima venida del celestial Médico, del Pastor que generosamente da la vida por sus ovejas, mediten durante el Adviento en el tremendo pero innegable misterio de la Redención humana, inutilizada por la repulsa que de ella hace con frecuencia el hombre. Calculen sus fuerzas y si desprecian al Infante que va a nacer, consideren si serán capaces de luchar con el Dios fuerte el día que venga, no a salvar, sino a juzgar.
Por lo demás, este temor no es sólo propio de los pecadores, es un sentimiento que debe experimentar todo cristiano. El temor, si va solo, hace esclavos; si lo acompaña el amor, dice bien del hijo culpable que busca el perdón de su irritado padre. Aún cuando el amor lo arroje fuera, a veces reaparece como un rayo pasajero, para conmover felizmente, el corazón del alma fiel hasta sus más íntimos fundamentos. Entonces siente revivir en sí el recuerdo de su miseria y de la gratuita misericordia del Esposo.
De todo esto se puede sacar en consecuencia que el Adviento es un tiempo dedicado principalmente a los ejercicios de la vía purgativa; esto está bien significado por aquella frase de San Juan Bautista que la Iglesia repite con tanta frecuencia durante este santo tiempo: “¡Preparad los caminos del Señor!” Que cada uno de nosotros trabaje, pues, seriamente en allanar el camino por donde ha de entrar Cristo en su alma. Los justos, siguiendo la doctrina del Apóstol, “olviden lo que han hecho en el pasado” y trabajen con nuevos ánimos. Apresúrense los pecadores a romper los lazos que los cautivan, las costumbres que los dominan; mortifiquen su carne, comenzando el duro trabajo de sujeción al espíritu. Oren sobre todo con la Iglesia. De esta manera, cuando venga el Señor, tendrán derecho a esperar que no pase de largo por su puerta sino que entre, puesto que ha dicho (Apocalipsis, 3, 20), dirigiéndose a todos: “He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abriere, entraré en su casa”.


Dom Próspero Guéranger, de su obra “El año litúrgico”.

Gloria In Excelsis Deo